Un pequeño relato

lunes, 8 de octubre de 2007


No sé qué hago aquí. Hace rato que no me interesa nada de lo que veo a mi alrededor. Esta panda de niñatos arrogantes viendo un triste partido, no hacen más que molestarme con sus ruidos, no consigo refugiarme en mi silencio, mis propios piensamientos, si bien ya no demasiado útiles, pero al menos hacen que el tiempo pase un poco menos lentamente. Hace tiempo yo fui como ellos, creo que eso ya fue en otra vida, en la que era un miembro más activo de esta sociedad que ahora me repugna y a la que me veo obligado a servir. Es hora de ir pagando la cuenta, esto ya es insoportable, pienso mientras ando hacia la barra. Atrás queda mi mesa con varios quintos de cerveza, fruto del aburrimiento. La chica de la barra debe estar pensando mientras me cobra que soy un tio extraño que siempre voy sólo por la vida sin ganas de hablar con nadie, por más que ella ha intentado entablar conversaciones conmigo.
Hace tiempo que deberían haber arreglado esta puta puerta, pienso mientras abro la puerta del bar, que chirría mientras la empujo, quejándose de no ser nada útil,como yo. Mientras camino por la calle oigo su quejido de nuevo, parece decirme hasta mañana a la misma hora, no tenemos más que hacer que coincidir de nuevo. No tengo ganas de volver a casa aún, voy a darme un paseo por aquí, sentarme en algún lugar a fumarme un último pitillo. Mientras me siento, saco el cigarrillo y mi mechero parece recordarme mi mala suerte, hoy no tiene ganas de darme un poco de llama. Finalmente, tras el tercer intento, consigo inspirar mi primera calada y me reclino a pensar. Quién soy, qué he hecho y a dónde voy.
Hace mucho que dejé de querer vivir mi vida. Soy un triste administrativo de una empresa pequeña que cobra 1000 tristes euros al mes sin otra pretensión que ahorrar para tener un buen entierro, porque creo que hace mucho que no me doy un capricho, dejaron de motivarme, sólo gasto lo necesario para sobrevivir dignamente, sin grandes alharacas. Reconozco que ahora soy fruto de mis decisiones, siempre las más fáciles, nunca tuve el arrojo de arriesgarme, las pocas que lo intenté o bien no resultó o, simplemente, no me gustó lo que encontré después. Ahora no es momento de arrepentirme de eso, soy quien he querido ser, eso es lo más triste, que no quiero ser quien soy. Sin ser el mejor en nada, sí que tengo mucho más talento que otros que van de cultos y se dedican a escribir memorias sin sentido o novelas alegres sobre viajes imaginarios a mundos fantasiosos. Mis reflexiones siempre fueron largamente valoradas por aquellos a los que interesaron, pero dejé de tener interés por seguir haciéndolas. Ahora, a aquellos que me siguen mirando por encima del hombro, no les doy la razón por ser mejores que yo, sino simplemente por ser quienes quisieron ser. Aunque eso tengo claro que jamás se lo diría, me niego a darle tamaña satisfacción a nadie. Sé que suena huraño, es posible que lo sea, es más, lo soy, pero me da igual. Es mi vida...
Acaba de pasar un coche a toda velocidad por aquí al lado, pero me ha permitido escuchar con cierta claridad "Cocaine", de Eric Clapton. Me ha recordado a que hubo una vez en que fui feliz. Tú estabas allí, recuerdas perfectamente cómo fue. Vivíamos los días para disfrutrar el uno del otro, y yo tenía un trabajo que me gustaba, el que mi preparación me ofreció pero mi mala cabeza me arrebató. Desde entonces, mi vida fue un constante caer, se convirtió en algo vacío, que ni siquiera tú fuiste capaz de llenar. Lamento mucho eso, siento haberte hecho tanto daño y haberte embarcado en mi propia racha autodestructiva, de la que me he conseguido recuperar, más o menos, no sin esfuerzo. Me alegra que hayas rehecho tu vida, me alegra verte feliz, aunque sé que él no te podrá amar tanto como yo lo hice. Sé que fue error mío y lo estoy pagando, vaya si lo hago. Si pudiera volver atrás... vaya si lo haría, debería haber valorado mucho más lo que un día tuve, pero no es momento de eso. Lo hice y debo afrontarlo.
Qué rápido se consume este cigarro, ya me queda menos de medio. Enseguida vuelvo a mi casa, a mi cama vacía, que a veces lleno con una compañía que no me interesa pero que al menos me dan mi cuota de sexo necesaria para no tener que recurrir a servicios por los que pagar. Debo agradecer a mis padres que me hicieran tal como soy, no soy el más guapo de la clase, ni el más interesante, pero me defiendo para poder flirtear de vez en cuando y conseguir algo que no abunda donde habito. A ellos debería pedirles perdón por llevar tanto sin visitarlos, pero es algo que sería como decirles que tienen razón, algo que ya sé, pero nunca fui bueno dando marcha atrás.
En cuanto a mis amigos, no se bien por qué, si fue por mi creciente desinterés hacia el resto del mundo o por su plena integración en sus propias vidas, fuimos distanciándonos hasta el punto de saludarnos afectuosamente cuando nos cruzamos por la calle y poco más; la verdad, es algo que agradezco, porque dejé de sentirme a gusto con ellos hace mucho. Quizá fue por mi propio resquemor hacia ellos, no por haber conseguido casarse o tener hijos, que posiblemente también, sino simplemente por ser felices con sus vidas, o por ser capaces de reaccionar cuando les vinieron mal dadas, algo que yo no he sabido, que no sé, hacer. Me siento el hombre de 36 años más viejo del mundo, cuando me comparo con ellos me veo como un anciano que sólo espera que le lleve la muerte. Quizá eso es lo que pretendo, que algún cáncer me lleve, que un loco me atropelle o que me maten mientras duermo; no soy ni siquiera tan valiente como para suicidarme. Es curioso, no puedo seguir con esta vida pero soy incapaz de acabar con ella, sea como sea estoy condenado a vivirla por mi propia incapacidad personal. Busco encontrar algo que me ilusione, que me devuelva la alegría, que me haga levantarme por la mañana sin querer asesinar a mi despertador o acabar de trabajar y tener algún sitio al que ir que no sea un bar a pasar el rato.
Es hora de tirar el cigarro y de marcharme, si no me acabaré quemando las yemas de los dedos, está empezando a venir gente, parecen felices, no me apetece cruzar mi mirada con ellos. Me ajusto el cuello del abrigo y voy hacia mi casa, quizás escuche algo de música para relajarme, o quizás vea algo de televisión hasta quedarme durmiendo en el sofá y amanecer allí mañana. No sé por qué tengo ganas de volver, si hace mucho que no me espera allí nadie... Dios como lamento haber tirado mi vida por el retrete hace tanto tiempo!

1 comentario:

Tomás Orenes dijo...

Me encanta! Es un relato increible y muy bien hecho! me has sorprendido... que bueno que no te parezcas en nada a ese tipo tan solitario! te amo chikitico!! virgi!